¿Es América Latina realmente la región más desigual del mundo?
La excepcionalidad latinoamericana en desigualdad existe, pero no donde solemos creer.
Cualquiera que haya volado a una capital latinoamericana lo vio. Cuando el avión empieza el descenso, abajo se distinguen dos tejidos urbanos pegados, a veces literalmente: por un lado, techos de teja terracota con manchas turquesa de piletas, calles arboladas, a menudo canchas de golf bien recortadas; por el otro, chapa gris, ladrillo a la vista, trazados irregulares y calles sin asfalto ni sombra.
El contraste no es exclusivamente latinoamericano: también aparece al aterrizar en muchas grandes urbes africanas o asiáticas. En las ciudades europeas o norteamericanas, en cambio, esos contrastes existen pero rara vez se imprimen así sobre el mapa: ni hay pobreza tan extrema ni la brecha entre pobres y ricos entra tan rápido por los ojos.
Después uno baja del avión y el auto sale por la autopista. En la ventanilla se sucede la favela, la villa, la invasión, la toma, el barrio (cada país tiene su palabra) y casi sin transición, a veces a unos metros, el cartel de un country-club o un condominio cerrado. En pocos kilómetros conviven hogares que pertenecen al 20% más pobre del planeta con otros que están en el 5% más rico de todo el globo.
Cualquier viajero saca de ahí la misma conclusión que sacamos los latinoamericanos: vivimos en una región muy desigual. La afirmación es correcta. La frase que viene después (que vivimos en la región más desigual del mundo) es donde las cosas se ponen resbalosas.

El ranking que todos repiten
La idea de que América Latina es la región más desigual del mundo lleva décadas circulando. Aparece en informes de organismos internacionales, papers académicos, libros de divulgación y discursos políticos de distinto signo. Pero, ¿qué tan cierta es?
Para responderlo vamos a usar el coeficiente de Gini, la medida más habitual para comparar desigualdad. Va de 0 a 100: 0 sería una sociedad donde todos reciben exactamente lo mismo; 100, una donde un solo hogar se queda con todo. En la práctica, cuando se mide la desigualdad monetaria, los países suelen moverse entre valores cercanos a 20 (muy igualitarios) y valores cercanos a 70 (extremadamente desiguales).
Veamos el ranking mundial (cada barra es un país y el color muestra la región a la que pertenece). Como todos los gráficos de El Atlas, es interactivo: podés filtrar por región, mover el año y descargar los datos.
A primera vista, el dato confirma la intuición: América Latina tiene el Gini promedio más alto del mundo, con 43,2 puntos, seguida por África subsahariana con 40,4. De ahí sale la etiqueta de que somos la región más desigual.
Pero acá aparece una complicación importante. Los rankings internacionales mezclan dos formas distintas de medir desigualdad: algunos países la calculan en base a ingresos (cuánto gana cada hogar) y otros en base a consumo (cuánto gasta). Las dos medidas son razonables, pero no equivalentes. El consumo suele estar menos concentrado que el ingreso, porque los hogares de mayores ingresos no gastan todo lo que ganan: una parte la ahorran. Por eso, un Gini de consumo de 45 no significa lo mismo que un Gini de ingresos de 45.
El problema es que las regiones no usan el mismo criterio. América Latina mide casi siempre por ingresos; África Subsahariana, casi siempre por consumo. Entonces, cuando se comparan los rankings sin ninguna corrección, se comparan peras con manzanas, y África aparece artificialmente más igualitaria. Para corregir ese sesgo, seguimos una conversión simple usada en un paper del Banco Mundial: multiplicar por 1,13 los Ginis de consumo para aproximarlos a Ginis de ingreso. No es una regla universal, pero sirve para una prueba sencilla: ¿qué pasa con el ranking cuando hacemos este ajuste?
Veamos ahora el mismo gráfico de antes, pero incorporando esta corrección. El podio se invierte: el promedio de África Subsahariana pasa de 40,4 a 45,6, mientras que el de América Latina sube apenas de 43,2 a 44,7, porque pocos países de la región miden por consumo.
El cambio también se ve en la cima del ranking. En la versión original, de los veinte países más desiguales del mundo, nueve son latinoamericanos y once africanos; en la versión ajustada, seis son latinoamericanos y catorce africanos. En el top 10, nueve son africanos (casi todos del extremo sur de ese continente, como Namibia, Botsuana y Sudáfrica). El único latinoamericano que queda ahí es Colombia, con un Gini de 54.
Entonces, ¿somos la región más desigual del mundo? En rigor, no. Pero sí somos excepcionalmente desiguales para nuestro nivel de desarrollo. Veamos.
Demasiado desiguales para lo ricos que somos
Retomemos el método que va a ser frecuente en este newsletter y que ya introdujimos en el primer número: ubicar a cada país según su nivel de desarrollo, medido por el PIB per cápita, y cruzarlo con la variable que nos interesa; en este caso, el Gini ajustado. Como muestra el siguiente gráfico, por distintas razones (más difusión de la educación, sistema tributario más progresivo y Estados de bienestar más amplios), los países más ricos tienden, en promedio, a ser más igualitarios que los más pobres. La línea que atraviesa el gráfico resume esa tendencia global: muestra cuál sería la desigualdad esperable para cada nivel de desarrollo.
Acá aparece el rasgo distintivo de nuestra región. Todos los países latinoamericanos están por encima de esa línea. Todos, sin excepción, son más desiguales de lo que su nivel de desarrollo predice.
En el primer número de El Atlas introdujimos el concepto de “residuo” para nombrar exactamente esto: la distancia entre el valor observado de un país y el valor que cabría esperar dado su nivel de desarrollo. En desigualdad, el residuo latinoamericano es el más alto del planeta: en promedio, la región es 17% más desigual de lo esperable para su ingreso. Ese exceso de desigualdad varía dentro de la región: es particularmente alto en Colombia y Brasil, intermedio en Argentina, Chile o México, y más leve en Bolivia, Perú o Uruguay.
Aun con esa heterogeneidad, en ninguna otra región el patrón es tan claro. África Subsahariana, aun siendo más desigual que América Latina en términos absolutos, no se desvía tanto de lo que predice su nivel de ingreso: su residuo es de 7%. En el otro extremo, hay regiones más igualitarias que lo esperable para su desarrollo: Europa y Asia Central son 11% más igualitarias, y Asia del Sur, 14%.
Dicho de otro modo: la excepcionalidad latinoamericana no está en ser la región más desigual del mundo, sino en ser demasiado desigual dado el nivel intermedio de ingresos que tiene. Es ahí donde somos, desafortunadamente, únicos.
Arriba cerca, abajo lejos
¿Qué implica que América Latina sea una región de ingresos medios con altos niveles de desigualdad? Para entenderlo conviene mirar cómo se reparte el ingreso adentro de cada país, decil por decil: el decil 1 es el 10% más pobre; el decil 10, el 10% más rico. El siguiente gráfico muestra eso para seis países: Noruega, Portugal, Argentina, Chile, Brasil y Níger.
Noruega combina altos ingresos con baja desigualdad. Portugal es más modesto y desigual que Noruega, pero más rico e igualitario que el promedio latinoamericano. Argentina, Chile y Brasil son economías de ingreso medio y desigualdad alta (sobre todo Brasil). Níger, en cambio, es uno de los países más pobres del mundo, aunque menos desigual que cualquier país latinoamericano.
Empecemos con Chile y Portugal. En promedio, los portugueses son 16% más ricos que los chilenos. Pero esa brecha cambia mucho según dónde miremos. En el decil 10, los chilenos son incluso 10% más ricos que sus contrapartes portuguesas. En el decil 1 ocurre lo contrario: el 10% más pobre de Portugal tiene un ingreso 41% superior al del 10% más pobre de Chile. Es decir: las elites chilenas tienen ingresos parecidos (incluso algo superiores) a las portuguesas; los pobres chilenos, en cambio, viven claramente peor que los pobres portugueses.
El contraste se hace todavía más nítido cuando nos comparamos con Noruega. En promedio, Noruega es 3,2 veces más rica que Argentina. Pero esa diferencia no se distribuye igual a lo largo de la pirámide social. En el 10% más rico, los noruegos son “apenas” 2,2 veces más ricos que sus equivalentes argentinos; en el 10% más pobre, la brecha sube a seis veces. Contra Brasil, el contraste es más brutal: las elites noruegas no llegan a duplicar el ingreso de las brasileñas, pero los más pobres noruegos son nueve veces más ricos que los más pobres brasileños.
Dicho de otro modo: las grandes diferencias entre América Latina y Europa se concentran en la parte baja de la pirámide social. Las elites latinoamericanas no viven materialmente lejos de las europeas (de hecho, ambas están en el 5% más rico del mundo). Los pobres latinoamericanos, en cambio, viven dramáticamente peor que los pobres europeos.
La comparación con Níger es importante para evitar otro malentendido: decir que América Latina es muy desigual no significa decir que es una región pobre. En todos los deciles, Argentina, Chile y Brasil viven mucho mejor que Níger. La torta latinoamericana es mucho más grande. Por eso, aun con alta desigualdad, sus sectores populares viven materialmente mejor que los de un país extremadamente pobre pero más igualitario.
Cinco salas de estar
Las cifras describen el fenómeno, pero no le ponen cara. Para eso sirve Dollar Street, un sitio que ordena hogares del mundo como si vivieran en una misma calle: a la izquierda, los más pobres del planeta; a la derecha, los más ricos. Sus equipos visitan familias, registran sus ingresos y fotografían los objetos de su vida cotidiana: el baño, la cama, la cocina, los zapatos, el techo, los juguetes. Caminar Dollar Street es caminar la pirámide social entera. Para los cinco hogares elegidos abajo, vamos a mostrar dos posiciones: su decil dentro del país y su percentil mundial, es decir, qué porcentaje de la población del planeta vive con menos. El gráfico interactivo previo permite explorar esto país por país.
Tomemos cinco livings.
La foto de arriba muestra el living de una familia en Kenia de nueve miembros. La jefa de hogar tiene 45 años y maneja un emprendimiento de catering. La casa tiene tres dormitorios. Les gusta el barrio; les molestan las víboras. Sueñan con comprar un televisor. En Kenia, este hogar pertenece al decil 8: algo así como la clase media alta del país.
Esta foto corresponde a un hogar brasileño de dos adultos y tres niños. Es una casa de dos dormitorios. La jefa de hogar tiene 41 años y trabaja en casas particulares. Le gusta el barrio, pero sufre la falta de agua. Quiere comprar una heladera y sueña con una cama para los chicos. Su ingreso es parecido al del hogar keniata anterior, pero en Brasil no son clase media alta: son el 10% más pobre del país.
El living anterior es de España, y corresponde a un departamento de un dormitorio en planta baja. El inquilino, un fisioterapeuta de 42 años, quiere comprarse un ventilador y sueña con tener un bote. En España pertenece al decil 2, el 20% más pobre del país. Pero su ingreso es más de cinco veces el de la familia brasileña y cuadruplica al de la familia keniata. Estar abajo en España se parece poco y nada a estar abajo en Brasil.
Esta es una casa de cuatro ambientes de un hogar del decil 10 en México. Él tiene 56 años y es gerente de hotel; ella es ama de casa. Hay agua dentro de la vivienda, aunque a veces también tienen que ir a buscarla a quince minutos a pie. Salen de vacaciones con frecuencia; han llegado hasta Alaska. Quieren comprar un auto y sueñan con poner un negocio propio.
El último living está en Dinamarca y está en una casa de cuatro dormitorios del decil 10. La jefa de hogar tiene 41 años y es maestra. Vive con sus dos hijos. Le gusta la casa porque es espaciosa y queda cerca del trabajo, aunque le molesta el ruido de la avenida. El próximo gasto importante será un viaje familiar. Sueñan con tener una casa en un árbol.
Comparemos las dos últimas. En promedio, los ingresos familiares mexicanos son cuatro veces menores que los daneses. Pero entre las elites de uno y otro país la brecha es bastante menor que entre los promedios nacionales. Los mexicanos del decil 10 viven más cerca de los daneses del decil 10 que los pobres mexicanos de los pobres daneses. Lo que cambia drásticamente no es la cima de la pirámide social: es la base.
Lo que esto deja
Tres cosas para llevarse.
La primera: América Latina no es la región más desigual del mundo en términos absolutos. Cuando se corrige la diferencia entre medir ingresos y medir consumo, África Subsahariana es la más desigual. Pero esa aclaración no vuelve menos importante el caso latinoamericano; lo vuelve más preciso. Nuestra excepcionalidad está en otro lado: somos 17% más desiguales de lo que predeciría nuestro nivel de desarrollo, más que en cualquier otro lugar. Dicho de otra forma: somos demasiado desiguales para lo ricos que somos.
La segunda: esa excepcionalidad no es un dato estadístico abstracto. Se paga abajo. Las elites latinoamericanas viven materialmente bastante cerca de las europeas; la gran distancia aparece cuando comparamos a los pobres de unos y otros. Ahí se ve la combinación que define a la región: países de ingreso medio con desigualdad alta. Por eso América Latina concentra, en pocos kilómetros, mundos sociales muy distantes: hogares que pertenecen al 20% más pobre del planeta y otros que están en el 5% más rico. En América Latina, ricos y pobres muchas veces viven cerca. Lo que no significa que vivan juntos.
La tercera: todo esto importa porque la desigualdad no es solo una brecha estadística. Es una arquitectura de la vida cotidiana. Organiza escuelas, barrios, hospitales, transporte, seguridad, tiempo libre, expectativas y futuros posibles. La desigualdad que vemos desde el avión parece paisaje, pero es historia: se produjo, se sostuvo, se heredó. No se va a cerrar sola. Pero tampoco tiene por qué ser siempre la misma.
Recomendaciones
Si querés seguir explorando el tema:
(a) Visual. Unequal Scenes, de Johnny Miller. Un proyecto fotográfico sobre desigualdad urbana vista desde arriba. Miller retrata ciudades donde barrios ricos y pobres conviven a metros de distancia, separados por avenidas, muros, autopistas o apenas por la forma del tejido urbano. Lo que la apertura de este número describe en palabras, Miller lo muestra en imágenes.
(b) Académica regional. Desiguales, de Leonardo Gasparini (Edhasa, 2022). Una síntesis accesible y rigurosa sobre la desigualdad latinoamericana, escrita por uno de los mayores especialistas de la región.
(c) Académica global. Desigualdad mundial, de Branko Milanovic (Fondo de Cultura Económica, 2017). Un libro indispensable para entender cómo cambió la distribución del ingreso global en las últimas décadas, y para ubicar a América Latina dentro de ese mapa más amplio.
(d) Datos para Argentina. El tópico de desigualdad de Argendata, la plataforma de datos abiertos y explicados que armamos desde Fundar. Una entrada clara al caso argentino, con indicadores descargables sobre desigualdad de ingresos, educación, género y acceso a servicios básicos.
Explorá los gráficos interactivos
El Atlas — Cartografías del desarrollo, N°2 — 26 de mayo de 2026.











Excelente
Excelente trabajo